sábado, 2 de julio de 2011

CUENTO ZEN


Una popular historia del cercano oriente cuenta que un joven llegó al borde de un oasis contiguo a un pueblo y acercándose a un anciano preguntó: ¿Qué clase de personas viven en este lugar?
El anciano preguntó a su vez:
-"¿Que clase de personas viven en el lugar de dónde vienes?".

-"Oh, un grupo de egoístas y malvados", -replicó el joven", estoy encantado de haberme alejado de allí".
A lo cual el anciano contestó:
-"Lo mismo habrás de encontrar aquí".

Ese mismo día, otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano preguntó:

-"Que clase de personas viven en este lugar?".

El respondió con la misma pregunta:
-"¿Que clase de personas viven en el lugar de dónde vienes?".

-"Un magnífico grupo de personas, honestas, amigables, hospitalarias, me duele mucho haberlas dejado" -dijo el joven-.

-"Lo mismo encontrarás aquí", replicó el anciano.

Un hombre que había oído ambas conversaciones preguntó al anciano:

-"¿Como es posible dar dos respuestas tan diferentes a la misma pregunta?".


A lo cual el anciano respondió: Cada uno lleva en su corazón el medio ambiente donde vive.

Aquel que no encontró nada bueno en los lugares donde estuvo, no podrá encontrar otra cosa aquí. Quien encontró amigos allá, podrá encontrar amigos aquí, porque, a decir verdad, lo que ellos han "visto" en los lugares donde han estado, no es más que el reflejo de ellos mismos".
(Cuento Zen)



Este cuento Zen, nos muestra que no es el lugar ni las circunstancias, lo que determina nuestro bienestar o malestar; sino mas bien es nuestra actitud interior... Podrás cambiar de lugar, de personas, podrás inventarte pretextos, justificaciones..., pero mientras no resuelvas tus conflictos internos, donde vayas ellos irán contigo y afectaran tu vida…

lunes, 20 de junio de 2011

Comunicación superflua. Enrique Serna

La mayoría de la gente odia estar a solas con sus pensamientos, quizá porque muy pocos salen bien parados de esas confrontaciones. Para evitarlas necesitan estar acompañados a todas horas y emplear el lenguaje como un antidepresivo que solo tiene eficacia cuando la vaguedad prevalece sobre la comunicación. Las charlas de familia, en las que nadie escucha a los demás, son la expresión más depurada de este falso contacto que mitiga la sensación de aislamiento, sin permitir el trato de persona a persona. Solo entre individuos que se han perdido completamente el respeto la palabra puede ser un ruido inocuo o un zumbido apaciguador. Quien escuche con atención las charlas telefónicas de los extraños en la calle, en el autobús o en el restaurante (nadie está a salvo del espionaje involuntario, pues la mayoría de la gente grita en el celular) podrá evaluar los daños psicológicos y sociales causados por el síndrome de la comunicación superflua. Como si compartir el hastío fuera una gentileza, millones de seres utilizan el internet y el celular para no decirse nada varias veces al día: “Qué onda, güey? Pos acá nomás, güey ¿y tú qué haces? Pus nada, güey.” Gran parte de las llamadas o mensajes de texto que la gente aburrida intercambia a diario solo sirven para ahuyentar al fantasma de la soledad y la introspección. Si fueran sinceros le dirían a su interlocutor: “No quiero hablar contigo, solo vegetar en voz alta.”

El espíritu gregario se robustece con cada nuevo avance tecnológico, pues ahora los individuos descontentos de serlo pueden integrarse al verdadero núcleo de su existencia, el corrillo de ociosos, en cualquier momento y lugar. Quien no disponga de cinco o seis amigos dispuestos a parlotear en un chat es un pobre diablo arrinconado en el limbo. ¡Guau, no tienes ningún mensaje en tu bandeja de entrada!, me compadece el Hotmail cuando acabo de vaciar mi correo. Si no corriges pronto esa anomalía te volverás un ermitaño apestado, insinúa entre líneas.

Hasta hace poco, la avidez por pertenecer a un grupo era un rasgo típico de la adolescencia. La novedad es que ahora también los adultos la hemos contraído. Se empieza revisando el correo electrónico dos veces a la semana, luego a diario, después cada tres o cuatro horas y acabamos convirtiendo la pantalla de la computadora en una prótesis del alma. Llegado a ese punto, el cibernauta crónico se engancha con facilidad al Facebook o al Twitter, como un macizo que salta de la mariguana a las drogas duras, sin advertir que está cayendo en una segunda adolescencia, más dependiente y bochornosa que la primera. Por lo menos la palomilla del barrio tenía una existencia concreta: ahora rige nuestras vidas una voluble asamblea de espectros.

El ideal de vida del hombre contemporáneo consiste en aprovechar todas las posibilidades comunicativas a su alcance para escapar de sí mismo. Lo de menos es el contenido de los mensajes: la futilidad mejora su efecto narcótico. La gente que no suelta el celular un segundo, ni siquiera en mitad de una fiesta, comete una grave descortesía, pues los interlocutores lejanos le interesan mucho más que los próximos (su cercanía los devalúa automáticamente). Pero en vez de repudiar a esos triunfadores, la sociedad los admira. El ausentismo espiritual goza de enorme prestigio entre los jóvenes porque les sirve para darse importancia frente a la vieja guardia de la comunicación directa. El Facebook ya sustituyó a los bares de ligue, la mayor urgencia de un viajero que apenas está descubriendo una ciudad es buscar un café con wifi para revisar su correo, y los chavos recurren a complejos malabarismos para abrazar a la novia sin soltar el Blackberry.

Pocos hombres pueden llegar a un grado de autosuficiencia que les permita prescindir del reconocimiento ajeno, y cuando lo alcanzan se van al cielo o al manicomio. Salvo los santos y los monstruos de soberbia, el resto de los mortales queremos agradar, tener éxito, recibir elogios o aplausos. El hambre de gloria y el afán de agrandar un círculo social son flaquezas gemelas. No hay mucha diferencia entre la quinceañera que se distrae leyendo en clase los recaditos de su celular y el escritor ávido de incienso que revisa a diario las solicitudes de amistad del Facebook. Pero me temo que las redes sociales han convertido la necesidad de aprobación en gula. Ya no nos bastan las caricias esporádicas del ego, las queremos tener a diario en grandes cantidades. Y por eso, cuando nos faltan, contemplamos la bandeja de entrada vacía con una mezcla de incredulidad y despecho: “¡Cómo se atreven a ignorarme!” El hombre moderno lucha con denuedo por expandir su círculo de amigos virtuales, ocupa su tiempo libre en averiguar si algún desconocido está pensando en él, cree que sus bonos bajan cuando nadie lo invoca y solo en las noches de insomnio se asoma con miedo al terreno baldío de su vida interior.~

lunes, 16 de mayo de 2011

Nos han dado la tierra. Juan Rulfo

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
-Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: "Somos cuatro." Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.
 Faustino dice:
-Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: "Puede que sí."
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el Llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con "la 30" amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema  del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.
Nos dijeron:
-Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
-¿El Llano?
-Sí, el Llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:
-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
-Es que el Llano, señor delegado...
-Son miles y miles de yuntas.
-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.
-Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
-Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.
-Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano... No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos...
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto dposible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.
Melitón dice:
-Esta es la tierra que nos han dado.
Faustino dice:
-¿Qué?
Yo no digo nada. Yo pienso: "Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos."
Melitón vuelve a decir:
-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas .
-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él.
Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.
Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
-Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?
-Es la mía- dice él.
-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
-No la merque, es la gallina de mi corral.
-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?
-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.
-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:
-Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no, golpearle la cabeza contra las piedras.
Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.
Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.
Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.
Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.
-¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está allá arriba.

martes, 10 de mayo de 2011

Migración, formación docente y diversidad cultural

J. Edgar Hdz. P.
Martha Elena Vera A.
Jaime A. Quiroa M.
UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL
UNIDAD 071 Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

EL FENÓMENO MIGRATORIO COMO PROBLEMA PEDAGÓGICO-SOCIAL
El incremento cuantitativo del flujo migratorio hacia las ciudades y la
conversión del mismo en un problema duradero ante el hecho de que la
mayoría de los migrantes se queden permanentemente en los lugares de
llegada, ha despertado en la conciencia de ciudadanos e instituciones y
generado en la convivencia cotidiana de estas poblaciones, acostumbradas a
una sociedad fundamentada en la uniformidad, el gran problema de la
diversidad, porque todo migrante porta consigo un legado histórico y cultural
con el que interactúa e influye en su nuevo contexto. Aunado a este fenómeno
está el de la expansión de los medios masivos de comunicación que acortan
distancias entre los pueblos, difundiendo pautas culturales hegemónicas –
aquéllas de la clase en el poder que las hacen ver a la sociedad como propias-,
las que lejos de resolver, sí agudizan el complejo y profundo problema de las
diferencias.
Aislarse y defenderse de esta contaminación y del constante conflicto que
entraña el instalarse en la diversidad o, por el contrario, respetar, aceptar y
convivir con la misma, implicándose en el proceso y tarea de construir una
sociedad en el respeto e integración de la diversidad como proyecto de
sociedad futura, es la polémica que pretende debatir la presente ponencia.
Las migraciones como fenómeno histórico permanente, tanto por su fuerza
cuantitativa como por su complejidad cualitativa, cuestionan el modelo
tradicional de sociedad y fuerzan la consideración, a nivel de reflexión, gestión
y acción, de los grupos culturales y étnicos considerados minoritarios y no
tanto por su cantidad, sino por su exención de lo hegemónico, en la
organización de estas sociedades y en el concepto, construcción y constitución
de nuestra sociedad futura.
Visto de esta manera, nuestras sociedades son culturalmente diversas, si
consideramos que su creación, constitución, recreación y afirmación de lo
propio, es decir, de sus manifestaciones vivenciales, creacionales y simbólicas
que las diferencia unas de otras, son a través de procesos inherentes
propiciados por interacciones entre individuos o grupos; en tiempos y espacios
también interaccionados.
Las migraciones en los países subdesarrollados, entre ellos México, no
constituyen ya simplemente un fenómeno cuantitativo y transitorio que se
incrementa progresivamente, sino que adquiere dimensiones cualitativas
permanentes, debido a los problemas sociales, políticos, económicos; y desde
nuestra acción e interés como educadores, antropológicos porque redundan
directamente en lo educativo; todos inherentes no sólo a la primera
generación, sino extensibles a las siguientes generaciones en las que el
problema adquiere aspectos diferenciales[1][1].
Este complejo proceso se desarrolla a través de múltiples componentes, ricos y
diferenciados de cada grupo que inmigra en otro; algunos transmitidos muy
consciente y racionalmente, sobre todo a través de la escuela, para llegar a
propósitos identificados por el propio grupo como importantes y necesarios
para convivir en él; y otros, que se van reconstruyendo en la convivencia, en
la interacción cotidiana –cara a cara[2][2]-, sin que el grupo los identifique
conscientemente y que se dan, irremediablemente, para mejorar o enriquecer,
o no, al grupo y su dinámica de permanente reconstitución.
De cualquier manera, la apropiación de la cultura del grupo, de su identidad y
de las formas de interacturar con ella, en ella y a través de ella con otros
grupos, son procesos educativos porque se aprenden y enseñan; y viceversa,
los procesos educativos son medios para enseñar y recrear toda cultura.
Todo esto ha originado un movimiento pedagógico dirigido a responder no
sólo al reto que significa la realidad de una sociedad multicultural y
étnicamente plural, sino también a implicarse en el proyecto de sociedad
futura, ya emergente, que significa esta realidad plural y compleja,
caracterizada por el intercambio y la movilidad de las personas y de los
sistemas de valores y modelos culturales y sociales, así como por la
convivencia en un mismo lugar de idéntica pluralidad cultural y étnica. Nos
referimos no sólo a movilidad espacial, sino aun en un mismo grupo, ya que al
ser éste diverso culturalmente, para poder comunicarse e interactuar entre sus
diferentes subsistemas sociales económicos, culturales... en que querámoslo o
no está estructurado, requiere uno de “moverse” epistemológica, lingüística y
aún empáticamente. Y es que la manera de relacionarse con algo o con
alguien no es un hecho aislado en un tiempo y en un espacio, sino que se
determina “dentro de un sistema y un conjunto de subsistemas (y éstos)
varían de sociedad en sociedad” [3][3] , y son pues, culturales.
EL TEXTO COMPLETO:  http://www.aulaintercultural.org/IMG/pdf/edgar2.pdf

lunes, 9 de mayo de 2011

Proyectos de Español 1

Espero les sea útil, es un libro completo y está en archivo pdf

http://www.mcgraw-hill-educacion.com/secundaria/recursos/libro_muestra/Murillo_
Proyectos%20de%20espanol%201.pdf